Hoy hace exactamente 5 años que conocía Río de Janeiro por primera vez. Recuerdo aún haber llegado a este lugar con un vuelo desde Joinville, con una escala en Congonhas. Aterrizar en Santos Dumont ya fue una experiencia increíble (hoy ya tengo tantos vuelos hechos ahí!) Pero era mí primera vez… Era mí primera vez en muchas cosas… La primera vez que volaba en un avión había ocurrido unos días atrás, cuando tomé, solo, el vuelo AEP – GRU. Guarulhos!!! Que aeropuerto!!! Conocí prometo Guarulhos antes que Ezeiza!!! Pocas veces en mí vida estuve tan perdido como en ese aeropuerto!!! Primera vez en El Monstruo llamado São Paulo, primera vez en una ciudad tan linda e increíble cómo Curitiba, primera vez en una ciudad que ni sabía que existía (ni cómo se escribía): Joinville, y muchas otras primeras experiencias…
Pero ese puente aéreo CGH – SDU, tiene un sentimiento especial para mí, aún hoy. Los que hicieron ese puente van a poder concordar con esta descripción. Quizás sean los 2 aeropuertos pequeños con mayor movimiento de Brasil. 2 aeropuertos no aptos para cardíacos pero que, para los amantes de volar en un avión, como descubrí que era, aman sentir esa adrenalina que significan esos despegues y esos aterrizajes. El primero por estar clavado, literalmente, en medio de la ciudad, por su pista elevada y corta, y por su aproximación, a la altura de las ventanas de los edificios próximos, incluso algunos mucho más elevados que el propio avión; el segundo por su increíble ubicación, intentaré ser descriptivo: una península artificial mirando hacia la Bahía de Guanábana, con una pista de aterrizaje que aparece y desaparece en el mar, con el monumental centro de Río de espaldas, la antigua capital del Estado de Río de Janeiro y ciudad hermana, Niterói, con puente más largo de Sudamérica a su izquierda, con ese “monumento natural” llamado Pão de Açúcar a su derecha, y con la postal de Brasil, el Cristo Redentor, cómo asomando por su hombro… Y esa es una imagen que nunca borraré de mí cabeza. Los que tuvieron la suerte de hacer aproximación en sentido Sur-Norte habrán vivido lo mismo que yo, el piloto Anuncia que nos estamos aproximando y se comienza con el proceso de aterrizaje: mesitas aseguradas, asientos en posición vertical, cinto de seguridad colocado, luces apagadas, y el avión empieza a girar, ese momento parece que hace piruetas el avión, se escuchan sonidos externos, flaps, slats, extendiéndose, el tren de aterrizaje abriéndose, el avión sigue dando vueltas y, de repente, a nuestra derecha, aparece Él, que tantas veces había soñado con conocer, en la cima del momento Corcovado, el Cristo Redentor, dando la bienvenida a todos los que tenemos la dicha de poder conocer este lugar con sus enormes brazos abiertos. Cuántas lágrimas salieron de mis ojos, no lo podría decir, siempre intento contenerlas, seguramente tendría una sonrisa gigantesca, casi un niño cumpliendo su sueño… Pero eso no es todo, un giro fuerte a la izquierda que parece interminable, el mar de va haciendo cada vez más grande, se ve la Ensenada de Botafogo, unos morros, unos cables atravesándolos que terminan en una piedra redondeada, gigante, parada: el Pan de Azúcar!! Está ahí, a pocos metros nuestro, por encima de la altura que estamos teniendo, y se hace cada vez más alto, el avión se encuentra nuevamente en el mar, no hay suelo a nuestro alrededor, el avión sigue bajando y bajando, se escuchan más ruidos, empieza un poco a temblar, solo hay mar debajo, dónde está la pista??? Y de golpe, cuando parece que estamos por caer, cemento con líneas paralelas, e inmediatamente sentimos el golpe de las ruedas contra el asfalto, el motor en reversa, los frenos a Full, el cuerpo haciendo fuerza contra la inercia de ir hacia adelante y pocos segundos después el tan ansiado anuncio del piloto: “Senhoras e senhores bem-vindos ao Rio de Janeiro”…
Pero el sueño no se iba a terminar ahí, casi mandatório, pocas horas después tomaría una Van para conocer el Cristo Redentor. Creo que pocos, al ver las fotos de este lugar, se imaginan la infraestructura construida aquí. Con un recientemente remodelado hotel convertido en centro de visitantes con una vista espectacular, Painieras hace las veces de bienvenida al Parque Nacional da Floresta da Tijuca. De ahí solo en vehículos autorizados, recorremos los últimos trechos de camino hasta llegar al estacionamiento en la base misma del Cristo, un kiosco a la izquierda, unos ascensores al fondo, escaleras a la derecha, un restaurante al medio, baños abajo, todo súper preparado. Subimos el ascensor y ahí se lo ve, de espaldas, gigante, mucho mas de lo que esperaba, unas escaleras mecánicas nos llevan a su frente (ni sabía que existían escaleras mecánicas ahí). Las subimos a las 2 y, por fin, veo su rostro, ese que había visto en millones de fotografías. En un lugar único, con una vista increíble de la ciudad de Río, de Niterói, la Bahia de Guanabara, el Océano Atlántico, tantos lugares para ver y sacar fotos! Y el Cristo ahí, inmóvil cómo hace casi 100 años. Siempre de brazos abiertos recibiéndonos, y como en la foto, no podía dejar de mirarlo y admirarlo, a veces los humanos hacen cosas increíbles y hermosas. Una experiencia única en el mundo.
Y de ese día se pasaron 5 años, y hoy estoy viviendo en este lugar, viéndolo casi a diário, sin perder mí admiración, cada vez lo veo más lindo, un sueño se cumplió, y después de él, muchos más, jamás olvidaré uno de los días más felices de mí vida, prometí en ese momento, que algún día viviría aquí, y lo hice, pero también me prometí que nunca dejaría de ser turista en el lugar donde esté viviendo, porque sé bien que solo soy un invitado aquí o allí, no soy de ningún lugar en particular, creo que esa es la clave, para nunca perder ese sentimiento de felicidad por conocer lo conocido y por descubrir lo que no. Ese es mí objetivo, mí pasión es viajar, y no hace falta ser millonario para eso, a veces el viajar, es agarrar una bicicleta e ir hacia un nuevo lugar, a tan solo unos minutos de dónde ahora estás, hacelo, y después me contas…

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